Los galos, en el siglo IV a.C: cuando Astérix y Obélix conquistaron Roma

Pablo Ozcáriz Gil
Universidad Rey Juan Carlos (Artículo previamente publicado en vavel.com)

Hace unos meses se publicó un nuevo volumen de los personajes creados por Uderzo y Goscinny, aquellos galos nos caían tan bien por tener que luchar en inferioridad de condiciones frente al todopoderoso Imperio romano. Sin embargo, no siempre fue así, e incluso hubo una ocasión en la que los galos invadieron la “Ciudad Eterna”.


Detalle del rostro del galo moribundo (fotografía: P. Ozcáriz)

La imagen que las personas de mi generación tenemos sobre los galos está totalmente mediatizada por los comics de Astérix y Obélix. Resulta imposible dejar de lado a aquellos habitantes de la aldea gala que, una y otra vez, resistían al invasor. Pero para los romanos, los llamados galos eran de todo menos personajes simpáticos y alegres. Después de los acontecimientos del siglo IV serán un pueblo que infundirá un profundo temor entre los habitantes de la urbs.

Los galos, en Europa y Asia
Normalmente se identifica a los galos con el actual país francés y, efectivamente, la mayoría de ellos vivía allí. Los que hayan leído la Guerra de las Galias de Julio César lo tendrán muy claro. Sin embargo, los galos se extendían también por otros lugares como el norte de la actual Italia o, incluso, por sitios tan lejanos como la actual Turquía, donde un grupo ocupó la parte central de la península de Anatolia. Según Polibio (17, 41) eran el pueblo más belicoso y duro de todo Asia. Sin embargo, fueron derrotados por el rey de Pérgamo. Para celebrarlo se creó un conjunto de esculturas, de las cuales se han conservado dos: el galo moribundo y el galo suicida. A pesar de vivir en un lugar tan lejano, esos galos eran físicamente muy parecidos a los de los cómics: en la imagen superior se se aprecia que tenían pelo corto, bigote y un torques en el cuello. Pese a la derrota, estos galos siguieron viviendo en ese mismo territorio hasta época romana. El propio San Pablo dirigió una de sus epístolas a los cristianos que se encontraban entre ellos. El título de la epístola se refiere a la forma en la que se conocía a aquellos galos: los gálatas


Los galos invaden Roma
Pero la relación de Roma con los galos viene de mucho antes. En el año 390 antes de Cristo un grupo de galos que vivía en el norte de Italia se dirigió hacia el surderrotando al ejército romano que debía frenarles. En la capital se habían quedado unos pocos hombres, las mujeres, los jóvenes y los ancianos. Cuando llegaron las horribles noticias de que los galos se acercaban a la ciudad, decidieron atrincherarse en lo alto de la colina del Capitolio. Los senadores ancianos, siendo conscientes de que no podían llevar armas y de que a los ancianos plebeyos les esperaba una muerte segura, decidieron dar ejemplo de su dignidad y se fueron a esperar la muerte a sus casas. Se sentaron a la puerta, en sus sillas de marfil, con sus vestiduras más solemnes y los distintivos de sus antiguas magistraturas. La escena que se debieron encontrar los galos fue desconcertante. Livio (5, 41) cuenta cómo al principio se quedaban mirando a “los hombres sentados en los vestíbulos de sus casas, muy parecidos a los dioses no solo por su vestimenta y su porte de una majestuosidad más que humana, sino también por la majestuosidad que emanaba de su rostro y de la serenidad de su semblante”. Esta situación de tensión se desató cuando un galo, dudando de si se trataba de ancianos o de estatuas, comenzó a acariciar la barba de un tal Marco Papirio, quien reaccionó instintivamente dándole un bastonazo. A partir de ahí la matanza y el saqueo fueron sistemáticos.

Mientras, los valerosos supervivientes del Capitolio resistían una y otra vez al invasor. Una noche, los galos intentaron tomar por sorpresa la colina e iniciaron la subida en completo silencio, hasta el punto de que ni siquiera los perros que vigilaban el lugar se llegaron a despertar. Pero no contaban con un elemento imprevisible: las ocas sagradas de la diosa Juno, que empezaron a graznar y aletear. De ese modo los romanos se despertaron y pudieron despeñar a los galos colina abajo. ¡Menos mal que estaban las ocas! Aquellos que hayáis viajado a Roma y visitado el Foro quizás hayáis ascendido al Capitolio por una senda que pasa por la antigua cárcel Mamertina, donde la tradición piadosa señala que allí se encerró a San Pablo. Poco antes de ascender a la Plaza del Capitolio, donde se encuentra escultura de Marco Aurelio, allí estaban las ocas sagradas.

El cerco de los galos también dio lugar a un par de episodios curiosos. El primero lo protagonizó un joven llamado Cayo Fabio Dorsuo, cuya nobilísima familiacelebraba todos los años unos sacrificios ancestrales en la colina del Quirinal. La guerra lo habría impedido ese año pero él, con toda la dignidad que le confería su origen (y probablemente también con un cierto punto de descaro y mucho desparpajo), se vistió con la toga, cogió los objetos de culto y bajó de la colina como si nada, a cumplir con sus antepasados. Pasando entre todas las filas enemigas sin esconderse en ningún momento, el joven Fabio fue al Quirinal, cumplió con los sacrificios y volvió. SegúnLivio, la razón de que los galos no le hiciesen nada se debió “bien porque se quedaron pasmados ante su prodigiosa audacia o bien porque hubiesen sentido temor religioso” al que los galos no eran, desde luego, indiferentes. La principal virtud de todo romano era la pietas, que se traduciría como el respeto debido a los mayores, entre los que se incluían a los antepasados. El acto de Dorsuo era un ejemplo de que el cumplir con los dioses y los ancestros era más importante para él que el respeto a su propia vida.

Este descaro y sentimiento de superioridad por parte de los romanos se repitió unos días después. Pronto se desató una epidemia entre los galos, debido al calor, al hambre y a los cadáveres putrefactos que se encontrarían por todas partes. Empezaron a morir muchos de ellos. El hambre siguió aumentando y se convirtió en el principal argumento que daban para que los romanos se rindiesen. Éstos, que tenían también muy poca comida pero la moral y la dignidad intacta, tiraron para mofarse de los galos “pan desde lo alto del Capitolio en muchos sitios en dirección a los puestos de guardia enemigos”. En cuanto a ocurrencias, los romanos eran geniales.

Rendición y aparición heroica de Marco Furio Camilo
Pero se trataba de un farol, porque al poco tiempo el hambre hizo que los romanos tuviesen que pactar una rendición. Los galos prometieron no hacerles daño y marcharse a cambio de 1.000 libras de oro. Aceptar esta humillación era algo doloroso para los romanos, ya que la patria se ganaba en la lucha, nunca se compraba con oro. Sin embargo, más doloroso fue lo que aconteció a continuación. A la hora del pago, los galos llevaron unos pesos trucados para que la cantidad a pagar fuese mayor. El tribuno romano, cuando se dio cuenta de ello, se quejó enérgicamente. Breno, el jefe galo, se acercó entonces a la balanza y lanzó su espada en la cesta de los pesos, a la vez que pronunció la famosa frase de ¡vae victis!. La traducción sería “¡Ay de los vencidos! " y señala cómo, al tener controlada la situación, se podía permitir hasta la mayor de las injusticias y humillaciones si le placía, sin necesidad de aplicar el menor disimulo.

Estaba claro que la historia no podía acabar así. Cuando faltaba muy poco para terminar de entregar el oro, se presentó de forma heroica Marco Furio Camilo. Este era un antiguo cónsul y héroe romano desterrado de forma injusta. Ordenó detener inmediatamente la entrega y anunció que no cumplirían el pacto de rendición. Los galos argumentaron que los pactos no se podían romper, pero Camilo les respondió que él había sido nombrado dictador antes de hacer el pacto, con lo que cualquier decisión de un magistrado inferior tenía que pasar él, algo que no había ocurrido. Hay que imaginarse la algarabía que habría recibido a este salvador llegado in extremis, ya que con él también venía un gran ejército reclutado en los últimos días entre los supervivientes de la primera batalla y los habitantes de las ciudades cercanas. El final es previsible:los romanos machacaron a los galos y les hicieron pagar cara su afrenta.

Estos episodios podrán ser más o menos verídicos, y la actitud de los romanos puede ser juzgada desde muchos puntos de vista. Su arrogancia, su dignidad, su respeto a las tradiciones de los mayores o su sentimiento de superioridad moral podría dar tema de conversación a muchas tertulias. Pero yo quisiera destacar solo una cosa. Si viviésemos una situación así en nuestros días, ¿cuántas personas reaccionarían como los viejos senadores romanos? ¿Cuántos Cayos Fabios Dorsuos se jugarían la vida por ideales que se encontraban por encima de su propia vida? Me temo que muy pocos.

Comentarios

  1. Muy ameno y bien documentado relato de cuando los galos visitaron Roma, y no precisamente como turistas. En cuanto a la reflexión final del autor, tendríamos que encontrarnos ante situaciones similares para saber como reaccionariamos.

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