Emigrar en tiempos revueltos: el caso de Demarato de Corinto y Lucumón.

Pablo Ozcáriz Gil 
Universidad Rey Juan Carlos 

La emigración por motivos laborales es un tema relacionado con la crisis económica y a menudo identificado con el fracaso. Sin embargo, casos como el de los políticos franceses Manuel Valls y Anne Hidalgo en Francia o los de Demarato de Corinto y Lucumón en la Antigüedad demuestran que no siempre tiene que ser así.


El día 10 de diciembre la prensa publicaba la noticia de que el pasado año 2014 la emigración española había aumentado un 15%. No es una buena noticia, ya que nadie sale de su país por gusto. También supone un fracaso para el Estado, ya que ha invertido grandes cantidades de recursos en formar a gente cuya fuerza de trabajo va a beneficiar a otros países. Sin embargo, esto no tiene que ser algo malo para las personas que deciden tomar la decisión de emigrar, a pesar de que el desarraigo siempre es doloroso. En la actualidad, el primer ministro francés, Manuel Valls y la alcaldesa de París Anne Hidalgo, no tienen los apellidos españoles por casualidad. El primero nació en Barcelona y la segunda en San Fernando (Cádiz), habiéndose trasladado sus familias a vivir a Francia cuando eran pequeños. Es un claro ejemplo de éxito del nuevo arraigo y de haber conseguido el objetivo por el que sus padres decidieron emigrar. En la Antigüedad también tenemos ejemplos de este tipo. El primero que me viene a la cabeza como paralelo al de Valls o Hidalgo es el de Demarato y su hijo.



Deramato era un comerciante y miembro de la aristocracia de la ciudad griega de Corinto en el siglo VII a.C. Había hecho numerosos negocios, "trayendo cargamento griego a los tirrenos (etruscos) y llevando mercancía tirrena a Grecia" (Dionisio de Halicarnaso 3, 46). Cerca del año 657 a.C. hubo un golpe de estado en Corinto, tras el cual se instauró una tiranía. Todos los de la familia de Demarato tuvieron que huir apresuradamente, ya que habían intentado asesinar al nuevo tirano cuando era pequeño. En su caso, Demarato lo tenía claro: reunió todo lo que pudo, lo cargó en un barco y se fue a vivir a Tarquinia en Etruria, estableciéndose allí donde sabía que podría aspirar a mantener el negocio. Se casó con una mujer tarquinia de buena familia, y tuvo dos hijos a los que educó con lo mejor de las culturas griega y etrusca. Además, según Plinio el Viejo (N.H. 35, 16; 156), acudió allí junto con algunos de los mejores pintores y con los primeros modeladores de terracota. La gran expansión del arte por influencia griega en esta época coincide con esta historia, hasta el punto de que los historiadores hablan de "fase demaratea" en el arte etrusco.

La decisión de emigrar o exiliarse a Etruria fue, desde el punto de vista empresarial, todo un éxito. Demarato transformó un problema en una nueva oportunidad, saliendo reforzado. Pero no pudo disfrutar del éxito político, ya que no pudo soportar el dolor de la muerte de su hijo mayor y falleció al poco tiempo. Aquí no termina la historia. Demarato tenía un hijo menor llamado Lucumón, quien quedó como heredero de toda su fortuna. Gracias a su riqueza y su formación superior a la de la mayoría, quiso entrar en política. Sin embargo, esto provocó el recelo de sus conciudadanos y le impidieron su incorporación como ciudadano de pleno derecho de Tarquinia.

Sin embargo, el espíritu emprendedor de su padre prendió en el hijo, quien decidió emigrar a una ciudad que ofrecía nuevas oportunidades: Roma. Según Dionisio de Halicarnaso, "al oír de la ciudad de Roma que aceptaba con agrado a todos los extranjeros, los hacía ciudadanos y honraba a cada uno según su valía, decidió cambiar su residencia allí tras reunir todos sus bienes, llevándose a su mujer y a los demás amigos y parientes que quisieron; y fueron muchos los que estuvieron dispuestos a partir con él" (3, 47). A su llegada negoció con el rey Anco Marcio su incorporación a la ciudad, previa donación de una generosa cantidad al erario público. El resto lo consiguió con regalos que él sabía que le agradaban al rey, invirtiendo en los asuntos clave del Estado, luchando más valerosamente que el resto en las guerras, y mostrando sentido común cuando el rey le consultaba. Así, logró atraerse el interés y amistad de los patricios y el afecto de la plebe. Al poco tiempo decidió cambiarse el nombre a la forma romana, eligiendo el de Lucio Tarquinio. Y sí, acabó convirtiéndose en el quinto rey de Roma.

No sé qué es más difícil, si acabar siendo primer ministro francés habiendo nacido español o acabar siendo rey de Roma habiendo nacido en Etruria y con orígenes griegos. Pero en cualquier caso es seguro que la experiencia de la emigración -y un espíritu positivo y emprendedor- tuvo mucho que ver.

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