¿La Historia pone a cada uno en su sitio? El caso de Pirro de Epiro (y II)

Pablo Ozcáriz Gil
Universidad Rey Juan Carlos (publicado previamente en vavel.com)

Segunda parte de la vida de Pirro, en la que las campañas militares, victorias y derrotas se suceden sin cesar. Su vida, espectacular, tuvo los tintes dramáticos de una buena película de Hollywood, con victorias, derrotas, traiciones y giros inesperados de la historia. Su muerte, rodeada de tintes surrealistas, le llegó de la forma más inesperada posible.
Busto de Pirro (Fuente:http://www.historyfiles.co.uk/images/Europe/Greece/Epirus_PyrrhusI_01_full.jpg)
En el artículo anterior vimos cómo Pirro había pasado de ser un rehén del Faraón Ptolomeo, a casarse con su hijastra y conseguir una flota con la que reconquistar el reino de Epiro. Su llegada debió causar un gran terremoto y sus habitantes se debieron preparar para la guerra. Sin embargo, éste fue quizás uno de los pocos momentos en los que Pirro rechazó la batalla. Propuso al rey que gobernaba en ese momento, Neoptólemo, lanzar pelillos a la mar, y gobernar juntos el reino en gran armonía. Siempre han existido gobernantes capaces de pactar hasta con el propio diablo. Pero también es verdad que estos casos difícilmente suelen terminar bien. Al poco tiempo, Pirro asesinó a Neoptólemo con el convincente argumento de que éste le quería asesinar antes a él.


Así, nada más hacerse con el control de su reino, comenzó su próximo proyecto: atacar Macedonia, antiguo reino del gran Alejandro Magno. En el año 288, un príncipe macedonio pidió ayuda militar a Pirro y a Demetrio (su cuñado, el mismo al que Pirro había ayudado cuando perdió su reino). Primero acudió Pirro, quien recibió como recompensa parte de Macedonia. Luego acudió Demetrio, quien se quedó con el resto del mismo reino. No había sitio para dos gallos en el mismo gallinero, y los antiguos aliados dirigieron sus ejércitos el uno contra el otro. Pero entonces se produjo una circunstancia bastante ridícula, muy propia de esta historia. Según Plutarco “Demetrio marchó contra Pirro, y Pirro contra él (...) mas hubo equivocación en el camino y se desviaron el uno del otro”. Es decir, que los ejércitos se cruzaron a distancia, pero por la velocidad que llevaban pasaron de largo sin enfrentarse. En vez de dar la vuelta, Demetrio llegó hasta el reino de Epiro y Pirro hasta Macedonia.

Plutarco se detiene aquí a narrar el duelo que Pirro llevó a cabo contra uno de los mejores generales de Demetrio, llamado Pantauco, muy al estilo del que llevaron a cabo el israelita David y el filisteo Goliath, el aqueo Aquiles y el troyano Héctor, o Gary  Cooper en “Solo frente al peligro”. Aquí la literatura parece dejar volar la imaginación y presenta a un Pantauco de mucha más envergadura y fuerza que Pirro. Pero el combate terminó (como no podía ser de otro modo) a favor de un Pirro heroico. Aunque no consiguó matar a su enemigo, este episodio le valió la victoria en la batalla y la admiración de los macedonios.
La guerra contra Demetrio en Macedonia continuó. Tras un tiempo, en el 287 Pirro fue finalmente coronado rey de Macedonia. Pero -de nuevo- la dicha le duró poco: un antiguo aliado suyo convenció a los macedonios de que no era bueno tener un rey extranjero y se rebelaron. Pirro perdió el reino y tuvo que volver a Epiro en el 286.

Su enfrentamiento con Roma y Cartago
Resulta increíble cómo esta sucesión de victorias y fracasos nunca le desmoralizó. En el 281 a.C. recibió una nueva solicitud de ayuda por parte de la ciudad de Tarento, situada en el sur de la península itálica. Ante la amenaza romana, sus habitantes tuvieron la idea de recurrir a Pirro, por ser el mejor general de su época y no estar en ese momento envuelto en otras empresas militares. Dispuesto a conquistar nuevos territorios, el rey se embarcó en una guerra contra Roma, ciudad que todavía infundía poco respeto fuera de Italia. En esta ocasión, desde el comienzo, la empresa tuvo una llamativa mala suerte. Tras una tormenta que diezmó su ejército, se encontró una situación complicada: Tarento era una antigua colonia griega, conocida por su riqueza, delicadeza y refinamiento. Hoy quizás no dudaríamos de calificarlos de pijos y finolis. Sus habitantes, por tanto, no estaban acostumbrados a la vida dura de la guerra y en seguida comenzaron a quejarse de la molesta presencia de los soldados. Las fuentes señalan que esto debió enfadar bastante a Pirro, quien supuestamente no estaba allí por gusto, sino para ayudar a los tarentinos. Para hacer reaccionar a la ciudad, ordenó el cierre de los gimnasios, teatros y paseos, obligando a todos los jóvenes tarentinos a entrenarse para participar en su ejército. Ya que habían pedido su ayuda, por lo menos exigió algo de compromiso. Supongo que el paralelo actual habría sido el cerrar los bares, pubs y discotecas. La reacción de los tarentinos es así más fácil de imaginar: Pirro pasó de ser el general más heroico y “cool”, a ser un personaje gruñón y poco glamuroso que les pedía abandonar su placentera vida.

Por otro lado los arrogantes tarentinos, embriagados del sentimiento de superioridad que les daba su cultura griega, le transmitieron a Pirro la idea de que los romanos eran un grupo de bárbaros muy violento, pero bárbaros al fin y al cabo. A las ordenadas tropas de Pirro no les deberían causar demasiados problemas. Por eso Plutarco (Tito Quincio Flaminio, ap. 5) dice que cuando Pirro vio por primera vez el ejército romano puesto en orden, afirmó que no le parecía nada bárbara la formación de aquellos bárbaros. Y su intuición no le falló. Gracias a sus conocimientos militares, Pirro logró varias victorias sobre Roma. Pero el coste humano que tuvo que pagar fue tan importante que no le permitió imponerse con claridad. Tras su victoria de Heraclea, Pirro afirmó: “Otra victoria como ésta y tendré que regresar a Epiro solo”. En la batalla de Asculum le ocurrió lo mismo, y dijo: “Si vencemos a los romanos en otra batalla como ésta, pereceremos del todo”.

Sin duda todavía le quedaba guasa y sentido del humor. Aunque venció, en realidad había sido derrotado, ya que habían muerto casi todos sus generales y sus tropas habían perdido toda convicción en la victoria final. Los romanos, por el contrario, se recuperaban rápidamente de sus bajas y su ánimo no decaía. Es precisamente de este episodio de donde surgió la expresión de “victoria pírrica”. Pero Pirro no se amedrentó. Si no tenía suficiente con la complicada guerra en Italia, en ese momento le llegaron dos nuevas propuestas de grandes campañas, justo de aquellas que tanto le gustaban: Por un lado, varias ciudades de Sicilia solicitaron ayuda para expulsar a los cartagineses y, por otro, recibió la noticia de que el rey de Macedonia acababa de morir, con lo que sería también sería una presa fácil. Optó por atacar a los cartagineses en Sicilia. Aunque la campaña empezó bien, los mismos griegos que habían acudido a pedir su ayuda le abandonaron. Una nueva petición de ayuda de los tarentinos le sirvió a Pirro para volver a Italia y no parecer que huía de la isla.
A su llegada a Italia fue derrotado –ahora sí- por los romanos en el año 275 a.C., teniendo que volver al año siguiente a su reino al no conseguir refuerzos para seguir la guerra.

Nueva conquista de Macedonia, campaña del Peloponeso y muerte de Pirro
Tampoco aquí termina la historia de Pirro. Nada más volver decidió atacar otra vez Macedonia. Aunque en principio su intención no era la conquista, su mala suerte cambió y se encontró con la agradable sorpresa de que gran parte de sus enemigos desertaron. Así, se encontró coronado rey de Macedonia 14 años después de la primera vez. Pero de nuevo, en vez de disfrutar y gestionar bien esta victoria, su ansiedad le impidió hacerlo y emprendió una nueva guerra, esta vez contra Esparta en el Peloponeso. En este caso no tuvo buena suerte y, según Plutarco, la acción de las bravas mujeres espartanas le impidió la conquista de la mítica ciudad. Entonces (seguro que el lector habrá perdido ya la cuenta de cuántas veces) volvió a acudir a otra llamada de ayuda. En esta ocasión fue la ciudad de Argos, para luchar a favor de una de las facciones que se disputaban el poder.

En Argos, finalmente, encontró la muerte. Al igual que toda su vida, fue de una forma muy poco convencional: En plena retirada de la ciudad, Pirro se avalanzó contra un soldado que le había herido. En este momento la madre del mismo, que contemplaba la escena desde el tejado, ante el terror del peligro que amenazaba a su hijo, le lanzó a Pirro una teja a la cabeza dejándole inconsciente. Quedó a merced de sus enemigos que inmediatamente le cortaron la cabeza. Después de centenares de combates luchando en primera línea de vanguardia a cuerpo descubierto, contra macedonios, persas, romanos, cartagineses o espartanos, los más valientes y mejor preparados de su época, Pirro fue muerto por la acción desesperada una madre anciana y pobre. ¡Qué lección de vida!.

Pirro ha sido muy estudiado a nivel académico, pero ha pasado a los manuales de Historia sin pena ni gloria, como un personaje gris que se enfrentó a Roma y que fue derrotado. Es verdad que, lejos de ser un rey idealizado, tenía algunos defectos. Uno de los más notables es que no sabía estar quieto. En vez de consolidar y gestionar bien sus victorias, su inquietud le hizo lanzarse a cualquier conquista o empresa que pudiese interesarle, descuidando todo lo demás. Podría ser el mejor ejemplo de que quien mucho abarca, poco aprieta. Y este defecto es el que le ha impedido entrar el hall of fame de los grandes conquistadores de la Historia. Pero aún y todo, nunca se debería haber considerado de forma tan ligera a un personaje bastante gafe pero que, desde pequeño, luchó, codició y medró en Grecia, Iliria, Macedonia, Asia, Egipto, Italia o Sicilia, y al que el propio Aníbal consideraba como mejor general de la Historia después de Alejandro Magno. ¿Alguien duda todavía de que la Historia no siempre pone a cada uno en su sitio?

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