Hispania, la India y el aceite de oliva. Tres extraños compañeros de viaje.

Pablo Ozcáriz Gil
Universidad Rey Juan Carlos

El transporte de alimentos alrededor del mundo se ha incrementado en las últimas décadas gracias a la globalización. Este proceso no es del todo nuevo, ya que la sensación de tener productos de cualquier lugar al alcance del consumidor estaba ya en otros momentos históricos como el Imperio romano.

Fuente: http://estaticos.elmundo.es/albumes/2012/01/12/olivos/1326408501_extras_albumes_0.jpg
Hace unas semanas salió en la prensa la noticia de que la Unión Europea y el Ministerio de Agricultura han financiado una campaña para promover el consumo del aceite de oliva español en la India. La llamada "globalización" ha conseguido que las fronteras ya no supongan un límite físico ni económico para acceder a productos procedentes de cualquier parte del mundo. No es extraño que una comida cualquiera de un hogar español esté compuesta por judías verdes plantadas en Marruecos, filetes de panga de Vietnam, un postre de fruta en almíbar producida en China, acompañado de vino australiano o chileno (en Lidl no pasan de los 5 €) y, para terminar, un café de Colombia o de Kenia. El presupuesto de una comida tan "globalizada" está al alcance de cualquier bolsillo, a pesar de los miles de kilómetros que ha recorrido.

En el Mundo Antiguo, también existía algo parecido. Mi maestro el Prof. J. Remesal suele utilizar a menudo la siguiente cita de Plinio el Joven para describir la complejidad y el nivel de desarrollo de la economía romana a principios del siglo II d.C.: 

(El emperador Trajano) había hecho caminos y puertos que permitían que los productos de cualquier lugar fuesen encontrados en todas partes, como si allí mismo se produjesen (Plin. Paneg. 29). 


La arqueología ha confirmado que esto fue así, un claro antecedente de la globalización actual. Un ciudadano romano podía comer diariamente trigo venido de Egipto, aceite de Andalucía o de Túnez, vino de Grecia y pescados vivos de cualquier extremo del Mediterráneo. Además, estaba acostumbrado a ver centenares de productos de lugares como el Mar Báltico, Egipto, Suiza, Germania, Britannia, Grecia, Siria, Arabia o incluso de la India, como muestra el Periplo del Mar Eritreo.

Ánfora Dressel 20 como las
encontradas en la India. Estas ánforas
provenían exclusivamente de la
Bética y contenían aceite de oliva.
Para poner un ejemplo de la importancia y del potencial que tenía el comercio romano de productos alimentarios deberíamos hablar del aceite andaluz. No es éste el sitio para entrar en detalle sobre su producción, exportación y uso (problablemente en otro artículo), pero sí se puede destacar que su producción y la fabricación de sus ánforas tenía un carácter industrial. Italia, Britannia, Germania y el resto de provincias recibían cada año desde la Bética miles de ánforas para abastecer a la población local y a las legiones de un producto que, según Marcial (5, 16, 7), Plinio el Viejo (15, 8), Silio Itálico (3, 405) o Estrabón (3, 2, 6), era de calidad superior. El Monte Testaccio de Roma es el mejor exponente de la grandiosidad de este producto. Pero la fama del aceite andaluz superó las fronteras del Imperio romano, dos milenios antes de que la Unión Europea y el Ministerio español tuviesen la idea de promocionarlo. Sí, aunque puede parecer  ciencia-ficción, en época romana el aceite de oliva andaluz ya llegaba en cantidades apreciables hasta la India.

Los indios ya recibieron, por tanto, este producto entre los siglos I y III d.C., como demuestran las ánforas de aceite bético encontradas en yacimientos como Mathura Arikamedu. Para llegar hasta allí debieron cruzar el Mediterráneo hasta llegar a Egipto, donde debieron remontar el Nilo y llegar al canal construido por el faraón Necao, terminado por Darío I y restaurado por Trajano, que permitía el acceso al Mar Rojo. Una vez allí rodearía la Península Arábiga y por mar abierto llegarían hasta la India.

 Los contactos entre la India y el Imperio romano no son nuevos. Estrabón (15, 1, 4) explica cómo Pandión, rey del reino de Pândia, envió regalos a Augusto, siendo las relaciones comerciales bastante fluidas. Según el mismo autor (17,13) en el pasado menos de 20 barcos se arriesgaban a hacer el viaje a través del mar Rojo para pasar más allá de su boca. Pero hoy se envían grandes flotas a puntos tan alejados como la India (...) y desde allí van a otros lugares. Aún y todo, ¿qué pintan ánforas de aceite andaluz en el lejano oriente? Sin duda sería exagerado decir que los indios cenaban con aceite hispano, y es seguro que para los consumidores indios se trataría de un producto exótico y exclusivo traído desde el extremo más occidental del mundo. Quizás la clave de su exportación no se encuentre en su sabor o en su utilización gastronómica, sino en sus propiedades cosméticas y farmacéuticas. El aceite de oliva hispano tenía unas propiedades inmejorables para crear cremas y ungüentos, y era aplicado en el cuerpo sólo o junto a otros productos.

Para concluir, queda claro que para los comerciantes béticos la India no era un territorio irreal y mitológico, sino un destino lejano de su producto más comercializado. Y es que quizás no fuera casualidad que un hispano tuviese la idea de llegar a la India navegando hacia el Oeste. Y no, no me refiero a Colón, sino al cordobés Séneca, quien afirmó -literalmente- (...) Tiempos vendrán al paso de los años en que suelte el océano las barreras del mundo y se abra la tierra en toda su extensión y Tetis nos descubra nuevos mundos y el confín de la tierra ya no sea Thule (Islandia) (Med. 375), mientras que en otra obra se pregunta ¿Qué vale el espacio que media entre las costas más apartadas de España y las Indias? Navegación de poquísimos días si hincha las velas buen viento (N.Q., 1, praef. 13). Ah, ¿que no sabías que probablemente Séneca imaginó el mismo viaje de Colón y que daba por hecho que la tierra es redonda? Hay tantas cosas que los historiadores no nos cuentan...

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