La vida después de la muerte. La estela de Domicia (primera parte)

Esta semana he preferido reproducir un capítulo de un libro recién publicado. Hace unos meses me pidieron escribir un texto en el que, partiendo de una inscripción funeraria, explicase lo que sabemos sobre la muerte en Navarra en época romana. Una condición indispensable era que tuviese carácter divulgativo, lo que justifica su presencia aquí. Espero que os parezca interesante, aunque al tratarse de un capítulo entero es más largo que los otros artículos y lo he dividido en dos partes.  

Ref.: Ozcáriz Gil, P., "La vida después de la muerte. La estela de Domitia". en: Itúrbide, J., "Cuando las cosas hablan. La historia de Navarra en 50 objetos". Pamplona 2015. El libro fue presentado en Pamplona el 23 de abril y es posible adquirirlo pidiéndolo en cualquier librería o en la web del Servicio de Publicaciones del Gobierno de Navarra.

Pablo Ozcáriz Gil
Universidad Rey Juan Carlos

Estela funeraria (s. I-II). En todo tiempo las personas no se resignan a que la muerte acabe con su existencia y la de sus seres queridos, y en consecuencia anhelan la inmortalidad, como testimonia esta lápida romana de Domitia, hija de Materno. La inscripción se encuentra en el Museo de Navarra.

La muerte ha sido y sigue siendo el misterio que más ha influido en la vida de los hombres. La percepción de que con ella no se termina la existencia siempre ha permanecido en el tiempo, aunque cada cultura lo ha explicado de forma diferente. También para los hombres y mujeres de la Navarra romana se trataba de un momento trascendental, al cual solo podemos asomarnos desde la lejanía, a través de los textos y la decoración de las estelas funerarias.



El 31 de marzo del año 1788 el abad de Gastiáin, D. Joseph de Miguel, recibió una carta procedente del obispado de Pamplona en la que se le explicaba que la Real Academia de la Historia de Madrid estaba preparando un Diccionario geográfico-histórico. Para ello, se pedía la colaboración de todos los municipios españoles, con el fin de recoger toda información que considerasen importante de los pueblos y sus territorios. D. Joseph, al contrario que otros clérigos de entonces, decidió incluir el dibujo y la descripción de algunas estelas romanas que se encontraban en la ermita de San Sebastián, para justificar la antigüedad e importancia del lugar. Los habitantes de Gastiáin estaban tan orgullosos de su pasado romano que tiempo antes habían utilizado una de esas inscripciones para componer el escudo del valle, aunque no estuviesen muy seguros de qué significaba el texto que habían copiado. Este informe, conservado en la actualidad en la Real Academia de la Historia, es la mención más antigua a las inscripciones de Gastiáin, que posteriormente fueron visitadas y descritas parcialmente por Nicasio Landa –fundador de la Cruz Roja y con familia de Gastiáin– y Luis Altadill.

La primera mención a la pieza de Domitia, que abre este capítulo, tuvo que esperar algo más (nota 1). Fue en 1946, cuando los conocidos arqueólogos Blas Taracena y Luis Vázquez de Parga la encontraron en el interior de la ermita, donde estaba empotrada desde hacía varios siglos. A partir de ese momento, muchos autores han discutido sobre su lectura e interpretación.

La estela de Domitia es una lápida funeraria fechada en los siglos I-II después de Cristo que consta de dos zonas muy bien diferenciadas. La parte superior es figurativa, con un marco de decoración vegetal de pámpanos y racimos. Este motivo, que podría parecer simplemente decorativo, resulta particular de esta zona navarra y alavesa. Tiene una clara interpretación funeraria, ya que el racimo es un elemento iconográfico relacionado con Dioniso, y se relaciona con el banquete funerario en el que el vino abre el camino a la vida eterna. En el centro, domina la escena un disco con forma de flor multipétala, motivo muy habitual en contextos romanos, y bajo ella, un creciente lunar con decoración en sus puntas. A los lados de esta se encuentran dos páteras, platos de bajo fondo utilizados en los rituales religiosos. Todos estos elementos –racimos y pámpanos, el sol, la luna y las páteras– indican claramente que se trata de una iconografía relacionada con el más allá y no de una simple decoración.

La pieza está fragmentada, ya que falta toda la parte inferior. La inscripción funeraria conserva la parte inicial, de la que puede leerse Domitia Semproniana Materni f(ilia). Se trata del nombre de la difunta –Domicia Semproniana– y del comienzo del nombre de su padre, Materno. Esta mención a un nombre femenino y al de su padre se encuentra en otras inscripciones de la misma ermita, en las estelas de Annia Buturra, hija de Viriato, Minicia Aunia, hija de Segontio, Iunia Ambata, hija de Vironio, Porcia Ambata, hija de Segontio, y Vibia Tertiola, hija de Villano y Sextilla.

Curiosamente, la inscripción carece de la fórmula de inicio más habitual en las inscripciones romanas (nota 2): las letras DM, el equivalente a nuestro DEP o RIP. Se trata de la abreviatura de D(is) M(anibus), lo que se traduce como «A los dioses manes», a quienes iba dirigida la inscripción. Eran unas deidades que incluían a los antepasados de la familia, y actuaban como protectores del hogar. Al faltar la parte final tampoco se ha conservado la fórmula con la que terminan la mayoría de textos de este lugar: «HSE». En este caso se trata de la indicación explícita de que los restos del difunto se encontraban en el lugar de la estela: h(ic) s(ita) e(st).

Evidentemente, la información que se incluye en las lápidas romanas de Gastiáin es muy básica: la referencia a los dioses manes, el nombre propio y su filiación, la edad y la certificación de que los restos del difunto se encuentran en ese lugar. Solo en el caso del niño Sempronio Flaccino se hace referencia a que sus padres se encargaron de preparar la tumba. Es extraño que en las veintiuna inscripciones no haya nada más, porque la información que se suele incluir en las inscripciones de este tipo es más abundante y variada, como por ejemplo el espacio que abarcaba la tumba, la mención de si la tumba podía ser utilizada por los herederos, referencias al origen o a la profesión del difunto, etcétera.

Además, sorprende la ausencia de algo que se encuentra en cualquier texto funerario: la utilización de calificativos cariñosos o de tipo emocional hacia el difunto o a la pena de los que dedican la inscripción. En cualquier otro sitio se multiplican expresiones del tipo «amantísima», «rarísima», «piísima», «incomparable», etc. Ni siquiera la fórmula tan habitual de s(ed) t(ibi) t(erra) l(evis) –que la tierra te sea leve– aparece en ningún caso. Salvo alguna excepción, las inscripciones funerarias de Navarra se caracterizan por la sobriedad emocional en comparación con otros territorios, pero en el caso de las de Gastiáin la continencia es absoluta. La explicación se podría encontrar en que se trataba de una zona rural, en la que un mismo taller epigráfico trabajaba para todos sus habitantes y se ceñía a un mismo tipo de inscripciones, sin excesivas complicaciones. Aunque tampoco se puede descartar que el carácter sobrio de los habitantes pudiese tener algo que ver (continuará).


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